El país como la arena

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Resulta complicado entender el Perú por estos días. No parece haber ni rumbo seguro, ni destino claro. Los actores políticos están desgastados y las instituciones que representan a los poderes del estado lucen en declive y sin referentes capaces de cambiar la situación.

PPK se derrumba a su menor cifra desde que asumió la Presidencia de la República. Apenas 19% de aprobación ciudadana que contrasta con el 77% de desaprobación. La menor cifra con él, y la mayor cifra contra él. Van solo trece meses, de los sesenta, que -en teoría- le quedan al mando del Gobierno del Perú.

Ya sin su Ministro de Economía Alfredo Thorne, sin su vicepresidente Martín Vizcarra, sin su partido político Peruanos Por el Kambio, sin su bancada congresal y, en fin, con el temor de quienes lo rodean, de sentirse junto a un hombre que no le interesa la política, que no comprende el Perú profundo y que, en los tiempos de Internet, cree puede decir o hacer lo que le venga en gana, como si fuera la reencarnación de algún Virrey.

PPK sin sus hombres de confianza -solo con Zavala-, sin soporte político y sin que reconozca que lo necesita, luce aislado y sin reflejos. Es casi un político postrado en su lecho final.

Aun así, PPK no va a cambiar. Para el presidente, los que critican lo hacen porque son fujimoristas, apristas, mediocres, resentidos u opinólogos -a los que les gusta la tóxica politiquería, como dice él- y “no saben” lo que él sí sabe de la cosa pública; no en vano bordea los 80 años, siendo que tres cuartas partes de su vida las ha pasado en estos corrillos. ¿De quién va a aprender PPK? ¿A quién le va a hacer caso?

En el otro lado de la mesa están Keiko y el Congreso.

A ella la aprobación parece sonreírle todavía -tiene 39% junto con Kenji que llega a 31%- pero en la sumatoria de la gran política, ella y su equipo naranja no suman goles, y el Congreso cae igual con solo 19% de aprobación ciudadana. Con un gobierno tan malo es inocultable la poca eficacia legislativa.

Trece meses después de ganar 73 curules, no se han acometido reformas fundamentales y urgentes como la laboral, de pensiones, la política, la electoral, o la tributaria, o alguna que apunte a atacar, con verdadera convicción, la informalidad. A estas alturas, la mayoría congresal parece en un compás de espera. Son reactivos, no pro activos. Compás que no condice con las expectativas ni con las urgencias que el país reclama más allá de Lima y, sobre todo, en las regiones y las zonas rurales donde El Estado – Ejecutivo, Legislativo y Judicial, por citar algunos- solo está para evidenciar su ausencia. Lima se diferencia por su indiferencia frente al resto del país.

Dicho esto, están también los pescadores a río revuelto. Aquellos que, en el país del enfrentamiento, siempre viven de los trastos que deja la política. Ellos han aprendido que la política tiene en la paciencia un componente que siempre ofrece algún resultado. A veces esperar es mejor que proponer o intentar construir. Por eso, allí está la izquierda y sus varias versiones donde se distinguen la chavista de bolsillo, corazón y mente; y la otra izquierda: la torpe de siempre, que se quedó en la historia y que su mejor horizonte es recoger las sobras que, hoy día, el centro y la derecha peruana le ofrecen a manos llenas.

Esta desorientación que vive el país -azuzada por los caviares y los oportunistas- beneficia a cualquier candidato anti sistema. De hecho, si las cosas siguen así se configura un nuevo escenario político, inclusive, antes del 2021. Allí cualquier cosa puede ocurrir.

Si PPK y su “team dream” siguen sin entender lo que tienen que hacer y el “team naranja” sigue pensando que el presente los acerca al 2021, lo que en verdad está sucediendo es que se le está sirviendo a esas izquierdas retrogradas y, peor aún, a algún irresponsable en la lista de los outsiders.

Las cosas están como dice el título de esta columna. Nuestro querido Perú es como arena entre las manos. Se nos escapa frente a nuestros ojos sin que podamos hacer nada por la indolencia, por la terquedad y por la irresponsabilidad de una buena parte de sus dirigentes. Sin un verdadero acuerdo PPK – Keiko, sin un gabinete compartido con otras fuerzas políticas y sin una visión de estado moderno y solidario, el país se nos va a ir de las manos. La estrella de América Latina se va a apagar no por los precios bajos de sus commodities o por las crisis financieras foráneas, sino por culpa de nosotros, los peruanos. Todo lo tenemos servido, pero en lugar de impulsarnos hacia arriba, jalamos hacia abajo.

A la historia, como decía Stefan Zweig, no le importa darle el poder de cambiar el destino a un hombre cualquiera. La historia -la universal, aquella de gestos y gestas para la eternidad- casi siempre ha sido puesta en manos de personas comunes y corrientes, cuya mayor virtud fue que entendieron como debían actuar y qué decisiones debían tomar. Ojalá que las personas comunes y corrientes que todavía quedan cerca de PPK entiendan cual es el camino y el destino que merecemos los peruanos.

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